Me gustaría que me gustara el vino blanco para poder decir que por las noches de diario me sirvo una copa y me envuelvo en una manta del ikea y me pongo a recordar mi vida, reteniendo las lágrimas, la emoción, el asco incluso. Si me gustara el vino blanco, todo sería más fácil, pero de momento me debo conformar con ser una mujer que no pasa de la coca cola light. Eso no se puede contar de la misma manera, no da juego, no es desgarradora esa imagen, como tantas otras no lo son. Me pregunto si para escribir bien debo empezar a comprar botellas de vino blanco. Creo que todos los que han pasado a la historia han debido experimentar esa noche, la de la manta, el sofá y la copa en soledad. Bueno, supongo que los tiempos están cambiando. Habrá quien el día de mañana, en sus memorias, le haga una oda al sunny delight, estoy segura.
El caso es que el otro día surgió la temida conversación sobre la curación del alma de la mujer a través de una copa de vino blanco en la noche. Y tuve que callarme, sabedora de que no podría aportarle nada al grupo. Todas coincidían. Cómo entra de bien. Cómo surge la vida. Cómo hasta el final y de un plumazo. Yo miraba a un lado y a otro, buscando almas gemelas o bebedores compulsivos de refrescos de cola de cero calorías. Y nada. Me sentí muy abstracta y muy moderna a la vez, una mujer cercana, normal, tanto... Tanto como para tener hijos e inculcarles los mejores valores. También tuve ramalazos extraños, como de sentirme una niña en medio de aquel grupo de mujeres de recursos ancestrales. Casi quise tener hipo para que alguien viniera a asustarme.
La conversación fue muy interesante y provechosa ya que versaba sobre los presupuestos de las calefacciones del leroy merlin. Me preguntaba si ahora estaría de moda comprar casas sin radiadores mientras degustaba el carpaccio de salmón. No era carpaccio de salmón, pero en aquel restaurante, por motivos que nadie vino a aclararme, lo llamaban así. Con reducción de módena, eso sí que me sorprendió. Balsámico y todo lo que tú quieras, pero acabé comiéndome el pan de la que estaba a mi lado, una mujer que no dejaba de reirse y que tampoco dejaba que nadie supiera por qué. En fin, nadie sabía muy bien nada, aparte de que en el leroy había que atar muy bien todos los cabos y dar con la persona adecuada para el proceso de la compra. Porque no es lo mismo comprarte los radiadores en diciembre que en enero, no es lo mismo. Porque todos sabemos que las rebajas están ahí y hay que aprovecharse de ellas. Traté de justificarme veinte mil millones de veces en silencio. Estoy aquí porque... Estoy aquí porque... Y no sé, no llegaba a comprender por qué estaba yo allí, rodeada de mujeronas que hablaban de reformas y de cortinas con la misma solemnidad con la que un premio nobel agradece el premio nobel, valga la redundancia. Eran geniales todas, todas y cada una de ellas. Eran geniales pero iguales, no sé cómo explicarlo. A la hora de irnos a bailar casi me muero cuando a una de ellas se le ocurrió la brillante idea de ir a un karaoke. Entonces, sí, entonces... Fue ahí cuando pedí una coronita y me dediqué a examinar a cada uno de los animales de la barra, tan insólitos en la calle de día y tan apropiados para aquel lugar de noche. Y todo por no examinarme a mí misma. Traté de ser imbécil por un rato. Traté de ser muy lista por otro. Nada daba resultado. Cuando no te hace gracia algo, reírte es lo mejor que puedes hacer para pasar el rato. Y eso hice. Y creo que lo hice bien. Cantamos, claro, pero eso no pienso detallarlo. Cuando llegué a mi casa me asomé a la terraza y pensé que a mí nunca se me ocurriría decirle a una mujer de aquellas que el verano está llegando por mucho que le pueda pesar.